Ilustraciones

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viernes, 20 de agosto de 2010

Carolina

Despertó sobresaltado, se cubrió con la frazada la cabeza y se acurrucó hasta alcanzar una posición fetal, no quería amanecer en aquel fatídico día, deseaba olvidarse y ser olvidado.
Pensó en algunas estrategias: no atendería el teléfono, se iría a un hotel a pasar el día sin que nadie lo supiera, fingiría estar enfermo, tal vez simularía un rapto para desaparecer definitivamente.
Se sintió sumergido en una duermevela memoriosa; recordó su infancia allá en San Pedro, las reuniones familiares, sus aventuras por el Paraná, cuando remaban aguas abajo con los primos y después se arrojaban desnudos a nadar; aquellos días ardientes del verano en que descansaban bajo la melena de los sauces.
La primera vez que vio a Carolina en aquella reunión en la estancia de los tíos y volvió a sentir ese temblor indescriptible, su casamiento en aquella noche tormentosa, el nacimiento de los hijos, el nacimiento de los nietos…
Escuchó la voz de Carolina que se acercaba, espió con un solo ojo y vio que traía entre sus manos la bandeja de plata con el jugo, la taza de café, una flor y un pequeño budín con una sola vela encendida y se estremeció al pensar que en realidad faltaban cincuenta y nueve más. ¡Feliz cumple mi amor!

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