Ilustraciones

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viernes, 20 de agosto de 2010

Dominga

Había nacido en un pueblo pequeño entre picos nevados y desde joven tuvo mucha habilidad con sus manos; gracias a que ellas aleteaban todo el día en el telar pudo criar a sus tres hijas y dos hijos.
Nunca fue a la escuela, pero con la ayuda de una vecina aprendió a leer y a escribir.
Amanecía antes que el gallo para amasar el pan y su vida continuaba sin descanso hasta que la oscuridad la obligaba al reposo.
Una noche, cuando todos estaban descansando, escuchó ruidos extraños, salió de la casa hacia el galpón y vio el rostro enrojecido de un hombre que se abalanzó sobre ella.
En vano trató de empujarlo. En ese momento pensó en lo que podría pasarle a sus hijas, luchaba ferozmente sin dejarse doblegar. El intruso estaba alcoholizado pero conservaba una fuerza feroz. La mujer se escurrió por un momento y en la oscuridad palpó una soga que colgaba del alero. Con destreza rodeó la cabeza del hombre y apretó con fuerza el cordel hasta dejarlo sin aliento. Sin
perder un instante lo arrastró hasta el despeñadero, ¿de dónde provenían sus fuerzas? Lo desconocía, el cuerpo
cayó pesadamente hacia el vacío.
Nadie oyó ruido alguno, la noche proseguía su marcha y un aire seco y frío la reanimó.
Todo continuó igual en el hogar, los hijos se levantaban temprano, tomaban un mate cocido y un trozo de pan amasado en el silencio.
Pero las manos de la mujer, desde aquel día se entorpecieron, perdieron la agilidad y se fueron transformando en garfios.
Nadie comprendía lo que estaba ocurriendo pero ella nunca más sonrió, su rostro se transformó en una máscara angustiada.
Con mucha dificultad siguió trabajando en el telar pero aquellos colores que combinaba armoniosamente en guardas geométricas, se fueron apagando.
Los hijos y las hijas partieron uno a una a sus destinos y ella hilaba y cruzaba los hilos blancos y negros. Cuando el último se alejó, ya sus manos estaban como crispadas, habían perdido toda forma humana, eran garras desesperadas.
Con su último aliento, quiso visitar el santuario de la Virgen en la alta montaña. Caminó tres días hasta que llegó exhausta. Cayó con la cabeza baja a los pies de la Madre y con llanto ahogado pidió perdón.
En ese momento vio que sus manos se enderezaban, volvían a tener la forma primitiva, la piel se iba transformando en una seda oscura.
Sintió un profundo alivio, entrelazó sus manos y expiró.

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