Ilustraciones

Ilustraciones

viernes, 20 de agosto de 2010

Elda

Aquella mañana salí del hotel muy temprano, el otoño se estaba retrasando y un calor húmedo espesaba el ambiente.
Por los canales iban y venían las pequeñas embarcaciones mientras algunas góndolas se balanceaban en la costa.
Recorrí con curiosidad las estrechas callecitas y me detuve admirada en las múltiples vidrieras que exponían máscaras, cristales, alhajas antiguas o manteles bordados.
Casi sin darme cuenta llegué a la Plaza San Marcos.
No era mi primera visita, pero mi asombro se repetía.
El sol hacía brillar las cúpulas y realzaba la belleza de los mármoles.
Las palomas revoloteaban inquietas y a lo lejos las aguas se agitaban despidiendo reflejos dorados.
Venecia me envolvía con su misterio, me llevaba al pasado. Era maravilloso contemplar los mosaicos que evocaban a Bizancio, los mármoles labrados del Palacio Ducal que sugerían épocas de góticos floridos. En la Plaza San Marcos se cruzaban las culturas de Oriente y Occidente.
Me sobresaltó la primera campanada del antiguo reloj, los dos moros se movían rítmicamente mientras el león alado me observaba inmóvil.
Apresuré mis pasos porque ya comenzaba la misa de las diez, entré en la Catedral y me senté en el último banco.
Estaba como enceguecida, mis ojos se tuvieron que acostumbrar a la penumbra.
El sacerdote ya estaba en el altar, me puse de pie y en ese momento nuestras manos se rozaron involuntariamente, sentí un escalofrío, volví la cabeza y nuestras miradas se cruzaron.
Al salir de la Iglesia se acercó y me preguntó de dónde había llegado.
En un italiano elemental y algo confuso le conté que había viajado desde Buenos Aires y que permanecería tres días en esa ciudad.
Me invitó a tomar un café, nos sentamos frente a la torre y conversamos largamente.
Tratábamos de entendernos, aunque, las palabras ya se iban haciendo innecesarias, sentimos que algo más profundo estaba naciendo entre los dos.
Nos contamos nuestras vidas, hablamos de los pintores venecianos, paseamos por la zona de Rialto y al caer el sol nos despedimos en la puerta del hotel.
Me tomó la mano, la retuvo durante algunos minutos junto a su boca y la besó.
El tiempo se detuvo y ese instante me pareció interminable, fijó su mirada profunda en mí y con una suave inclinación se despidió.
Nos volvimos a encontrar durante los dos días siguientes y disfrutábamos juntos como dos adolescentes. Tomados de la mano recorrimos en góndola los canales, visitamos en el vaporetto la isla de Murano, comimos paninos en San Marcos, mientras escuchábamos obras de Vivaldi interpretadas por una pequeña orquesta.
Todo era mágico, perfecto, pero en lo más profundo de mi ser latía una angustia cuando pensaba en mi partida.
El momento no querido llegó. Debía subir al vaporetto que me conduciría a tierra firme. La gente se agolpaba pero yo ya había perdido la noción de la realidad, nos besamos largamente, teníamos las manos apretadas como si no quisiéramos separarnos, sentía que estábamos solos. Me prometió que viajaría a Buenos Aires. La embarcación comenzó a alejarse de la costa y nuestras miradas continuaron unidas hasta que los cristales se nublaron, de pronto.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario