Estiraste demasiado el resorte. Yo te decía que mi paciencia tenía un límite pero igual intentabas doblegarme. Y cedía, tal vez, en los primeros momentos por ingenuidad amorosa o por esa poca experiencia que teníamos las mujeres de antes, frente al amor.
Fuiste el primero, no te lo digo para complacerte, vos lo supiste siempre, no podía comparar y pensaba que eras perfecto y vos me lo hacías creer, eras mi paradigma absoluto, todo lo que existía, sin un antes ni un después.
Pero pasaron los años y cayó el velo de Cupido, mejor dicho, abrí los ojos para poder sobrevivir y eso no te gustó.
Primero disfrazabas tus ansias de posesión con celos amorosos, más tarde brotó el violento y el dominador quedó al desnudo.
Lograste humillarme lo suficiente para que no pudiera rebelarme, creíste que lo habías logrado.
Yo te obedecía por necesidad, quería que los chicos crecieran junto a su padre.
Pensaba que sola no iba a poder sustentarlos y dejé que ajustaras el yugo.
Pero en mi interior siempre busqué la libertad y hasta allí no pudiste llegar nunca.
Desconfiabas de mi alegría frente a tus improperios, de mi serenidad ante tus amenazas, de mi equilibrio que contrastaba con tu locura.
Traté de mostrarte otros rumbos frente a la competencia y las ansias de dominio, te ofrecí una copa limpia pero preferías los licores trasnochados, te acerqué a lo trascendente pero tenías el alma clausurada y me agoté. Ayer, cuando me mirabas con ojos desorbitados e intentabas aportar débiles razones para que permaneciera a tu lado, comprendí que ya nada nos unía, trataste en vano de utilizar tus consabidos resortes pero el mío se rompió.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario