¡No sé porque te fuiste con lo que yo te cuidaba!
Te saqué de Barracas y te traje al centro, te enseñé a vestir y a darte lugar pero la vieja me decía:
- Tiburcio, son unas ingratas.
Yo sabía que las minas siempre te fallan, pero, Rosita, vos parecías distinta. Tan buenita, nunca contestabas. No sé que te pasó por el marote.
Yo te decía, no hagas más de diez por noche, con eso vivimos bien, ves, no te exigía nada.
A veces volvías llorando, también ¡eras una llorona!
Yo te cuidaba, siempre estaba cerca de vos, nunca te descuidé y si alguno de los tipos se hacía el vivo yo te defendía, pero la vieja siempre me decía:
- Son todas iguales, Tiburcio, son unas ingratas.
Yo pensé que me querías porque yo te quiero, te quiero y te necesito, yo sé que querías hacer otra cosa pero vos sabes que laburo no hay y teníamos que vivir, además a vos te daba el cuero, no sé de qué te quejabas.
Seguro que te fuiste detrás de algún rufián, no te diste cuenta de lo bueno que era yo. Pero te-nía razón la vieja:
- No confíes Tiburcio, son todas unas ingratas.
Después de todo lo que yo te ayudé, no pensaste en mí.
A la que más extraño es a la Carmencita. Ya sé, yo no soy el padre, pero la trajiste de chiquitita y yo te la cuidé, ¡sos ingrata!
Siempre creí que estaba todo bien y al final, siempre estábamos bien. La vieja te preparaba los buñuelitos para tomar el mate, yo te cuidaba para que no te explotara ningún vivo pero no te diste cuenta.
Lo que no soportaba era que cuando llegabas te ponías a rezarle a la Virgencita, porque me llenaste la casa de Virgencitas, que la de Luján, que la del Valle de tu pueblo, me tenías podrido.
El día que te di las piñas fue por eso, ya no soportaba más que le rezaras a la Virgencita.
¿Qué carajo le pedías a la Virgencita? Y no me contestaste nada y no pude más y con la calen-tura te agarré a las piñas.
Pero yo no te quería pegar, te acordás que al otro día te lo dije, te pedí perdón, pero te fuiste sin darme un beso.
Te lo buscaste, te merecías las piñas, porque yo tenía que saber qué le pedías a la Virgencita.
Después todo se complicó, te fuiste unos días a lo de tu prima, yo te llamaba pero no me contestabas, te quería matar pero al final volviste y ya no le rezabas a la Virgencita pero te colgaste la medalla y yo me daba cuenta de que te escondías en el baño para rezarle.
¡Tenés que ganarte el mango!, te grité ¡No rezarle a la Virgencita!
Y ahí te di la otra trompada, esa fue más fuerte, te internaron pero no dijiste nada, me salvaste y yo pensé que habías cambiado, que te habías dado cuenta.
Pero al final te fugaste con la Carmencita y con la Virgencita.
Yo te daba cobijo
te daba protección.
Vos nunca lo entendiste.
No tenés corazón.
Te fuiste y me dejaste:
la ingrata se marchó.
El corazón maltrecho,
malvada me dejó
Chan Chan…
¡Vieja, se enteró de lo de la Rosita, si es de no creer!
Parece que se casó con el hijo de Don Juan, el vidriero, se fueron con él al campo de Don Juan y se hicieron la casita.
La Carmencita va al colegio de las monjas y la Rosita está por tener un crío.
Ahora sé lo que le pedía a la Virgencita, la ingrata.
No se dio cuenta de que nos dejaba solos y sin laburo, que nos cortaron la luz y el gas, la muy desgraciada.
Vieja, vaya a ver a Don Paco y pídale unos mangos prestados para comprar una garrafa.
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