Ilustraciones

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viernes, 20 de agosto de 2010

Tía María

Tía María fue la hermana mayor de mi abuela paterna.
Yo la conocí anciana y conservaba aún el porte principesco que siempre la acompañó.
Cuando era joven se había casado con un abogado con el que compartió pocos años de matrimonio ya que él murió a causa de una infección pulmonar.
María sufrió mucho la pérdida y sólo visitaba a su madre, a sus hermanas, y a algunas amigas de la infancia.
Fue en la casa de una de ellas donde conoció a Don Gregorio, como lo llamaba la familia.
Era el tío de su amiga, un hombre mayor, muy culto y distinguido que había perdido hacía varios años a su esposa.
El quedó fascinado al verla, pero ella no pensaba en ningún hombre y nunca hubiera imaginado entablar una nueva relación.
María se destacaba por su distinción, era de rasgos armoniosos pero lo más atrayente era su elegancia. Tenía un gusto exquisito para vestirse y todos sus movimientos eran cuidados y sobrios.
Don Gregorio le habló de sus sentimientos, del deseo que tenía de compartir su vida con una mujer, además, ninguno de los dos había tenido hijos en sus anteriores matrimonios.
María se sintió halagada y lentamente fue aceptando las invitaciones que él le hacía.
Después de un año se casaron. La boda fue discreta y los dos partieron para Europa.
Gregorio tenía una gran fortuna. Era tal el arrobamiento que sentía por María que trataba de rodearla de todos los lujos.
Poseía una estancia en Corrientes y varias propiedades.
Era tal la generosidad de su esposo que María, al no tener hijos, les regaló a su madre y a sus hermanas propiedades, autos, pieles y alhajas.
Fueron felices, aunque ella lo sintió más como un padre que como un marido, pero siempre fue muy fiel y discreta.
Ella trataba de complacerlo y él disfrutaba cuando la veía atravesar los salones de la residencia con vestidos lujosos que lucía frente a sus amistades.
Vivieron varios años con serenidad y afecto, mutuo respeto y admiración hasta que Don Gregorio falleció.
El velatorio, como su vida, fue fastuoso.
Contaba la abuela que el féretro estaba rodeado de flores que eran renovadas continuamente por “La Orquídea”.
María quiso despedirlo como él lo merecía. Nuevamente viuda y ya cerca de los cincuenta años, María viajaba habitualmente a Uruguay para descansar.
Y allí se produjo un nuevo encuentro.
Conoció a un hombre muy elegante y agradable, un poco menor que ella.
Tal vez, después de la convivencia afectuosa que tuvo con Gregorio pero donde no hubo pasión, María se enamoró perdidamente de ese hombre.
La familia comenzó a preocuparse porque percibió que no era un individuo fiable.
Supieron que pertenecía a una excelente familia pero que no amaba el trabajo sino la vida fácil, el juego y el placer.
María no escuchó a nadie y se casó por tercera vez.
Poco a poco fue perdiendo toda la fortuna y los últimos años de su vida soportó estoicamente la escasez de recursos.
Ocultaba los sinsabores que tuvo que padecer pero aún en los últimos tiempos siempre mantuvo su sonrisa, su distinción y su elegancia.

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